8 de junio de 2014

Vida después de la vida

   
 "Cuando el cuerpo muere, el espíritu regresa a la vida. Es en el momento de morir la carne, cuando nos damos cuenta de quienes somos en realidad. Se nos juntan las experiencias terrenas como racimos, y damos poco crédito a nuestras actuaciones con mala fe. Nos creíamos impolutos, buenos, caritativos. No teníamos ni idea, que el dar no significa limosna ni se calcula con números sino con sentimientos. Encontramos que hemos llevado una vida placentera, con disgustos y triunfos, hemos sabido mantener un puesto de trabajo, llegado a obtener un título académico, comprado una casa y protegido al cónyuge y a los hijos. Y creíamos que eso era lo que se esperaba de nosotros. Pero ¿sabíamos acaso que debíamos sembrar? ¿Y que ese sembrar sólo lo puede lograr el corazón? No. Nadie te enseña a dar. A temer, a razonar en vez de intuir, a negar en vez de ofrecer, a esconderse en vez de salir a la luz, en mantener tu postura en vez de entender la postura del otro; a esas cosas sí que le dan importancia nuestros mayores, y nos la enseñan con ahínco con el ejemplo propio.
   Pero no nos enseñan a brindarnos por entero a la humanidad.

   Y es luego, cuando muere la carne, que nos damos cuenta de eso."
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